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lunes, 2 de mayo de 2011

Pequeño cuento chino: “EL TESORO DE CHIANG”



Hace poco llegó a mis manos el manuscrito ignoto de la historia de Chiang. Tal como alcanzó a mi conocimiento, os la transcribo a vosotros para que leáis este relato que me regaló la vida:
“Chiang era un labrador que vivía en una aldea lejana a grandes poblaciones. Su vida transcurría sencilla y tranquila, centrada en sacar adelante la parcelita de terreno que producía los alimentos necesarios para que él, sus padres y hermanos sobrevivieran sin abundancia y sin escasez.
Era un joven inquieto y trabajador, no le asustaba afrontar nuevas tareas, pero hasta que lograba aprenderlas se desesperaba, le consumía la impaciencia.
Una tarde, al final de la jornada, cuando volvía a encerrar al buey de agua que la familia utilizaba en las faenas agrícolas, vio a un extranjero penetrar en la aldea.
El desconocido, casualmente, se dirigió a la casa de los padres de Chiang que era de las primeras, y después de explicar que necesitaba descansar durante un tiempo ya que había emprendido un larguísimo viaje recorriendo todo el país, negoció con el padre la posibilidad de ser admitido como huésped durante una temporada. Después de acordar tiempo y precio, el extranjero pasó a ser un miembro más de la casa.
A la tarde siguiente, cuando Chiang volvía del campo, comprobó que el extraño estaba practicando taichi, y se notaba en su práctica y en su porte que era un maestro.
Día tras día durante una semana, observaba y callaba, pero una gran inquietud comenzó a reconcomerle: Iba creciendo en su interior el irrefrenable deseo de aprender el arte del maestro. De aprenderlo sin dilación.
Llevado por su impaciencia, se llegó hasta el maestro y, sin ningún miramiento, interrumpió su práctica con estas palabras:” Me gustaría que me enseñaras taichi. A cambio, pídeme lo que desees de mi”.El maestro, sin enfadarse ni inmutarse, miró profundamente a los ojos de Chiang, y después de unos segundos le dijo: “De acuerdo, te he observado cada día mientras tú, a su vez, me observabas a mi, y creo que puedes ser un buen alumno. Eres dispuesto y trabajador. A cambio de mis enseñanzas te voy a pedir un tesoro.”
Chiang exclamó: “¡Un tesoro! Maestro, tu sabes que en mi familia disponemos de los bienes precisos para vivir si pasar hambre, pero no dispongo de riquezas”.
“No, Chiang, es un tesoro que debes buscar y que está muy cerca de ti. Ahora déjame y vuelve cuando lo hayas encontrado.”
Día tras día, en sus ratos libres, Chiang buscaba el tesoro: Escudriñaba tras arbustos, dragaba el río por diferentes zonas, removía piedras, escarbaba en diferentes desniveles de la tierra que parecían aptos para esconder algo. Y ante la desesperanza de no encontrar el tesoro volvía a hablar con el maestro tarde tras tarde, siempre lo mismo: “Maestro, el tesoro no existe o no soy capaz de encontrarlo. Por favor, pídeme otra cosa. Seré tu sirviente. Lo que quieras, pero enséñame”
“El tesoro está cerca de ti. Busca y cuando lo halles te enseñaré”
Pasaron semanas y Chiang poco a poco dejó de remover cielo y tierra, dejó de suplicar al maestro, y simplemente se sentaba a observar la práctica. Cada tarde que pasaba se fue resignando y se fue centrando en el disfrute que sentía al observar los movimientos del taichi.
Y un día, dejándose envolver por la suave tibieza y la decreciente luz del crepúsculo, Chiang se dio cuenta  de que la energía del Universo hace que todo llegue en su momento, cuando es preciso, cuando es necesario que se alcance. Se levantó despacio y caminó hacia el maestro esperando a que terminara su práctica. Cuando este acabó, le hizo una reverencia y le pidió permiso para hablar:         “Maestro: No soy capaz de encontrar el tesoro que necesitas para enseñarme, pero he aprendido que si no es así es porque no es el momento de que yo aprenda taichi. Gracias por tu paciencia conmigo”
Con la mirada risueña y un cierto aire zumbón el maestro le respondió: “Querido Chiang el que necesitabas el tesoro eras tu y no yo, era imprescindible para aprender y no para enseñar y… ¡ya lo has encontrado! El tesoro que buscabas es la paciencia, y ahora que la tienes estás preparado para instruirte en el taichi. ¡Es tu momento! Comencemos.”
Y los suaves movimientos de ambos se fundieron con la luz rojiza del atardecer.

                                                                C.Campos


miércoles, 27 de abril de 2011

HACIA LO PROFUNDO


Este es un artículo dedicado a los practicantes de taichi...o de cualquier arte interna...o de cualquier cosa en la vida... 

“Cuanto más profundas son las raíces más crece el árbol”
                                                    Proverbio chino

Si se siembra semilla de hierba, las plantas ocuparán con gran rapidez una vasta extensión de terreno. Parecerá un lugar bello y lleno de vida aunque sepamos que al más mínimo inconveniente se agostará; incluso, puede que se vuelva baldío. Los plantones, en el mejor de los  casos, crecerán vanamente sujetos al suelo, sin ninguna ambición de elevarse hacia el horizonte.
¡Tan extenso, tan superficial!
Si se siembra la semilla de un árbol, tendremos durante muchos, muchos años, un suelo aparentemente yermo, con una plantita que casi suscitará condescendencia y conmiseración.
Al cabo del tiempo, cuando el árbol haya ahondado con sus raíces y la tierra las abrace con fuerza, cuando se hayan elevado sus ramas hacia el cielo intentando acunar entre ellas el aire y las nubes, sabremos que ha valido la pena esperar. El árbol ocupará una zona recoleta del terreno, pero su copa soñará la altura, y su base ahondará en el interior de la energía terrestre.        
¡Tan circunscrito, tan profundo!
Y cuando el árbol alcance su madurez estará preparado para esparcir nuevas semillas que a su vez pueden convertirse en árboles, y desde estos, nuevas semillas arraigarán en el lugar, y desde estos…El bosque.
HACIA LO PROFUNDO.
¿Cómo deseamos crecer y aprender los practicantes de taichi? ¿Cómo hierba o como árbol?
La respuesta que surge espontáneamente es evidente, pero a la hora de la verdad, ¿es cierta en nuestro corazón y en nuestra práctica habitual? ¿De verdad buscamos la excelencia en nuestro taichi o sólo la abundancia? ¿Buscamos la vivencia interior o sólo reproducir cada vez más movimientos aunque sea de cualquier modo?
Me da la sensación de que nos comportamos como el glotón que nunca tiene bastante comida, y aún a costa de no poder saborearla ni digerirla, sigue comiendo, comiendo…: “No controlo un movimiento, no lo entiendo, no lo vivo, no lo enraízo, pero deseo reproducir otro… y otro…y otro”.  Esto no es taichi.
Demandamos a nuestros maestros otro ejercicio, otra figura, otro pasito, otro giro de espada. ¿No será esto vanidad y vacuidad? ¿No estaremos confundiendo la cantidad con la calidad, la extensión con la profundidad, el objetivo con los medios, la finalidad con la apariencia?
El trabajo bien hecho nace en la propia conciencia, en la emoción mantenida, en el esfuerzo constante. Esta labor, al tener recónditos y fuertes orígenes, es la que va a permitir que el conocimiento se expanda poco a poco hacia otros ámbitos.
HACIA LO PROFUNDO.
Hemos sido dotados de conciencia propia y universal, hagamos uso de ella en el taichi, porque este arte es un sistema de vida y no sólo un cúmulo de bellos actos motores encadenados con mayor o menor destreza y acierto.
No es importante conocer más y más movimientos: “No me hace mejor practicante un avance rápido a lo largo de las tablas de forma o espada, sino un flujo constante de esfuerzo y atención”
Raíz, estructura, función del movimiento, equilibrio, dirección y fuerza de la energía, trabajo sobre la base recóndita de nuestro ser, experiencia anímica del tantien como puerta de comunicación con las energías universales.
 Me asombra que, a veces,  reproduzcamos movimientos tan rígidos, engolados, hieráticos, faltos de gracia y sutileza y deseemos más y más…y más, en lugar de mejor y mejor…y mejor.
HACIA LO PROFUNDO.
Sólo el trabajo oculto, unido a la constancia en la práctica, puede hacer que la simple motricidad pase a ser aprendizaje vital. El sentimiento insondable llevará a la armonía en el movimiento, de tal forma que reproducirlo y observarlo será una experiencia conmovedora porque lo que se estará poniendo de manifiesto en la realización de la forma, será el propio espíritu del intérprete.
       Lo que profundiza puede crecer y elevarse. Cuanto más penetrante, más elevado. Cuanto más oculto, más valioso. Desde lo hondo se crece hacia lo ancho y hacia lo alto. De abajo hacia arriba. De dentro hacia fuera. Como los árboles. Como los montes.
Pidamos a nuestros maestros que nos guíen hacia lo trascendente. Intentemos refrenar, dentro de lo posible, la voracidad incongruente de nuestros alumnos y acompañémosles hacia la raíz.
Puede que algún día, siguiendo este ritmo pausado y laborioso, nuestro campo sea fértil y se pierda en un amplio paisaje de vida; y, cuando observemos lo logrado, tendremos la seguridad de que  nuestro crecimiento permanecerá ya que ha sido HACIA LO PROFUNDO y, desde allí, HACIA EL INFINITO.


                                               C.Campos